La peineta calada
La peineta calada –Mira, hija –agregó la madre en perfecta tranquilidad–, no es acertado que compares mis palabras de ayer con las de hoy, porque ayer hablaba yo arrebatada por la cólera y por la desesperación del agravio que Andrés nos ha hecho y dije cosas fuera de lugar y de lo razonable en una mujer de mi edad, hoy no, hoy son otras las circunstancias. Rosarito: ya he tenido tiempo para reflexionar y para ver lo que te estarÃa bueno y lo que no. Ayer creÃa que para curar tu mal no habÃa más de dos remedios, hoy creo que hay cuatro y cuantos quieras. ¡Cómo ha de ser, hija!… no todos los dÃas se piensa del mismo modo y si tú no estuvieras tan prevenida contra mÃ, yo te explicarÃa.
–Hable usted, hable usted y lleve por delante que no me faltará la paciencia.
–Afortunadamente nosotras dos conocemos muy bien a Andrés y sabemos que él es hombre poquito y sensible y algunas veces tiene arranques de generosidad.
–Bien.
–Tú te finges mala…
–¡Fingimientos, madre, embelecos!… No, no; lo que no ha de conseguirse por la razón y la justicia, más vale que no se consiga. Si Andrés ya no me quiere, ¿qué fingimientos serán bastantes a infundirle amor?