La peineta calada
La peineta calada –Pero óyeme, hija, óyeme primero y luego hagas o no hagas lo que digo, apruébeselo o no, poco se pierde. Pues, como te decía, te finges mala, muy mala; yo me hago la encontradiza con Andrés; por supuesto que hablamos de ti, le pinto tu situación con colores vivos, sin descubrirle ni darme por enterada de que tu mal proviene de su desvío; viene a verte (yo haré de modo que no pueda excusarse de venir), y aquí con cuatro lágrimas y otros cuatro suspiros, que no te costarán mucho trabajo, lo reducimos y ablandamos…
–Madre –exclamó la muchacha indignada–, dije a usted que no me faltaría la paciencia para oírla, pero cierto que no preví las cosas de que usted iba a hablarme, porque nunca esperé que usted me aconsejara una acción vergonzosa de que mañana o pasado tuviera que arrepentirme. ¿Parécele a usted que todavía no me he rebajado lo bastante con haber ido tres mañanas a suplicar a Andrés que me oyera? ¿Parécele a usted que volverá a amarme si le finjo dolor y sentimiento al mismo que amándole de veras ya no me paga? ¡Ah, madre, cualquiera creería que usted no me conoce, ni conoce a Andrés, ni el corazón de los hombres!