La peineta calada

La peineta calada

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–No me hagas tonta que crea que Andrés volviera a quererte como antes, porque ya eso es imposible; lo que sí creo y tú no lo podrás negar, es que no hay hombre tan duro de corazón que resista a las lágrimas de una mujer y que si Andrés no sigue queriéndote por puro amor, al menos por gratitud…

–¿O por lástima?, no me atenderá. Madre mía, usted está muy engañada. El amor que nace de la gratitud o la compasión no es amor, es como la limosna que recoge el pordiosero por las calles. Y o, gracias a Dios, no estoy tan necesitada para pedir una limosna de amor. Olvidaré a Andrés, procuraré olvidarlo y el mundo no se habrá acabado para mí… Ya me pesa de haber manifestado por él tanto sentimiento…

Esta salida de la muchacha desbarataba todos los planes de la madre: callóse breve espacio y después de un momento de reflexión, dijo como en tono de chanza:

–Vaya, vaya que nosotras dos siempre andamos encontradas: cuando yo quiero ir por un camino, tú prefieres el contrario. ¿Qué es esto, hija mía? ¿También te opondrás a que yo lleve a Andrés tu peineta calada para que la componga?

–Llévesela usted –respondió Rosario con indiferencia–, así como así, yo no he de usarla más en la vida.


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