La peineta calada
La peineta calada –No diga usted tal, sino que hoy no están ustedes dispuestas a hacer negocio conmigo. Lo mejor será que yo me dé la vuelta por acá otro dÃa.
–SÃ, otro dÃa –repitió doña Margarita–. Pero traiga usted cosas buenas y baratas, que son las que me gustan a mÃ.
–Está bien, está bien, mi señora. Yo no he venido hoy más que para recordar a ustedes que no hemos peleado.
Salió el vendedor y Dolores, muda, agitada, se puso de nuevo a trabajar en la obra de sus flores de trapo.