La peineta calada
La peineta calada Hasta el momento de salir en dirección del establecimiento de don Isidro, no reflexionó Dolores que su marido debía de extrañar aquella visita intempestiva y sin la compañía de su madre; que quizás no sacaría nada en limpio de aquel paso, pues Andrés o ya habría soldado la peineta o guardándola por pararse la hora del trabajo o escondiéndola a la nueva de su llegada; por último, que cualquiera de estos tres casos que sucediera bastaba para desbaratar sus esperanzas y avisar al. marido de una desconfianza injusta y acaso calumniosa. Meditando en ello la atribulada joven experimentó las mismas sensaciones que había experimentado la mañana que vio a la desconocida mujer de la manta esperando a Andrés en la esquina de su calle. Una fuerza oculta, indomable, la arrastraba a la peinetería y otra no menos poderosa la incitaba a volver atrás. Pero era ya tarde. No se le escondía que Andrés le faltaba en todo, ¿cuánto más grato no era a su corazón vivir amándole en la incertidumbre, que odiarle quizás en la certeza de su delito? Porque a tal extremo debía llevar ambas pasiones una mujer tan celosa como Dolores.
Llegó, pues, ella con sus amigas al establecimiento de don Isidro, el cual las recibió como conocidas de la casa y a la primera, no sólo como tal, mas también como esposa de su oficial más querido; por cuya razón las hizo entrar a la trastienda o taller, donde sólo trabajaba aquél con ser ya oscurecido.