La peineta calada
La peineta calada Dolores y Andrés, no obstante, se vieron y se hablaron con la sonrisa en los labios, y la alegría en la frente, con aquella sonrisa y aquella alegría de dos individuos que van a hacerse la guerra, se temen mutuamente y buscan descubrirse algún lado flaco por donde atacarse.
Las amigas, entrando, muy ajenas de que en los corazones de dos esposos tan unidos y amantes rugiese sorda y actualmente la tempestad de los celos, se apresuraban a registrar todo el taller riendo y pasando de un objeto a otro, con la misma insustancialidad que ligereza de las mariposas sobre las flores de un jardín. Andrés, deseando sacarlas de allí, para dar orden de que escondiesen la peineta calada que aún permanecía en el suelo, se ofreció a servirles de guía y las invitó a volver a la tienda, donde había más lindos y mayor número de objetos que ver. Todas accedieron gustosas y la primera Dolores. La puerta de comunicación entre ambos departamentos era muy estrecha.
El oficial de peinetero, para mejor disimular su intento, pasó delante y su esposa con el mismo fin: no quiso ser de las últimas, pero adivinando los deseos de aquél, a la más joven de las amigas que le quedaba al lado, muy quedito le dijo:
–He dejado mi pañuelo en el rincón de la derecha, recógemelo y al mismo tiempo la peineta calada que allí junto verás. Quiero darle un chasco a Andrés.