La peineta calada

La peineta calada

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Cumplió la jovencita con el encargo que le hizo a las mil maravillas, para lo cual no le sirvió poco la ausencia de los trabajadores del taller. Cuando las demás mujeres observaban las hermosas conchas de carey, los peines, peinetas y bastones que les mostraba Andrés con mucha oficiosidad, acercóse a Dolores y más con gestos que con palabras le dijo al oído:

–Aquí está.

–Guárdala bajo la manta hasta que salgamos –, le contestó la sagaz esposa–. Nos hemos de reír en grande a la noche o mañana.

–¿A qué casualidad debo agradecer esta interesante visita? –preguntó Andrés a la sazón; dirigiéndose a todas sus amigas.

–Al deseo de verlo –respondió una de ellas.

–Muchas gracias.

–Y yo venía a ver si usted me soldaba esta peineta –añadió Dolores sonriéndose y quitándose la que traía en la cabeza–. Cuente usted, señor peinetero de agua dulce, que se le pagará el trabajo como guste. Lo que se quiere es prontitud y bondad.

–Será usted servida a medida de su deseo, señora mía –replicó Andrés en el propio tono de chanza, y examinando la peineta añadió–: esta rotura parece hecha hace pocas horas.


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