La peineta calada

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–En efecto, no hará ni cuatro que se me rompió –repuso Dolores un si es no es, encarnada de vergüenza.

–Sólo tengo que advertir a usted una cosa, señora, y es que el peinetero de agua dulce, aunque fuera de agua salada, no puede hacerse cargo de la obra de usted hasta pasado mañana, pues está muy recargado de trabajo.

Esta disculpa, aunque usada en son de chanza, era demasiado cierta para no herir el amor propio de Dolores, la cual al momento calculó que la peineta de Rosario debía ser una de las obras que impedían a su marido dedicarse a la suya por lo pronto. Así le dijo, dejando el tono de chanza:

–Pues si hasta pasado mañana no has de componer mi peineta, lo mismo es traerla hoy que la semana entrante –y se la colocó otra vez en la cabeza.

Andrés, o creyendo sinceras las palabras de su mujer, o no queriendo insistir en que dejara ella su peineta por no exponerse a una negativa delante de aquellas otras mujeres o temiendo otro cualquier contratiempo que le pusiese en mayor compromiso dijo:


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