La peineta calada

La peineta calada

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–Pues ustedes han acabado de ver todo lo que hay aquí y pues yo he concluido por hoy mi trabajo, vámonos a casa; tendré el gusto de acompañarlas. Dispénsenme ustedes por un momento –y entró en el taller. En el instante notó la falta de la peineta calada, pero callóse, ya por prudencia, ya por juzgar que Ciriaco, el muchacho, le había recogido, quien durante el examen del taller por sus amigas, había permanecido sin ser visto de nadie tras las persianas de un cuarto inmediato. Aunque Andrés lo vio al pasar nada le preguntó no sólo por no detenerse, sino por el temor de ser escuchado y ofender a aquellas señoras que creerían se sospechaba de ellas.

Yendo en reunión por la calle, como ya había oscurecido completamente, fácil fue a la jovencita dar a Dolores la peineta consabida, sin que lo echasen de ver los demás y desde el punto que ella la tomó bajo el brazo, parecióle que se había aplicado un tizón ardiendo, una víbora ponzoñosa que le devoraba el corazón. ¡Oh! Cuánto no habría dado la infortunada esposa por no haber ido a la peinetería, ni caído en la tentación de sustraer aquella prenda, objeto de amor para el marido y lazo entre él y la mujer a quien se la había regalado.



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