La peineta calada
La peineta calada –Pues con apurarte no ganas nada, porque él por eso no ha de venir más temprano. Este corto y rápido diálogo pasó entre madre e hija, mientras ambas recogÃan las flores esparcidas por el suelo, y las colocaban por sus pétalos de alambre en torno del borde de la canastica.
Antes de que las dos mujeres concluyeran esta operación, se oyeron pasos en la escalera, y la joven, harto impaciente y cuidadosa, dando de mano a las flores, que eran muchas, acudió a la puerta para recibir al que llegaba. Era un muchacho de mala traza, desaseado y de picaresco semblante.
–Buenas noches, doña Doloritas –dijo quitándose el sombrero de pelo todo abollado y de color gris, por lo viejo–. Dice don Andrés, que no lo esperen hasta las nueve.
–¿Qué se le ha ofrecido de nuevo? –preguntó Dolores, poniendo la mano izquierda con muestra de ansiedad en el hombro del muchacho.
–¿A don Andrés, preguntaba usted? Yo no sé.
–SÃ, Andrés, ¿qué quedaba haciendo?
–Es decir a usted que yo no sé.
–Pues tú no vienes de allá.
–Ahà tiene usted.
–¿Quedaba en la tienda cuando tú saliste?
–Es que don Andrés no estaba haciendo nada cuando me dio el recado para usted.