La peineta calada
La peineta calada Con esto, la muchacha estaba hermosa a maravilla. Su cabello negro y luciente, como las alas del totí, contrastaba mucho con la blanca tersura de su cutis, que sonrosado hacia las mejillas, íbase desvaneciendo poco a poco hacia los carrillos de la frente y volvíase a encender en los labios gruesos, pero húmedos y de las de ángel, que son los de más bella forma. Su túnico blanco, sobre lo corto, tenía pintada por ella misma una guirnalda de colores varios al canto del dobladillo: traía al cuello un collar de ámbar y en lo alto de la cabeza una peineta de carey, de las llamadas de caracol, nueva, bruñida, brillante como el oro y calada con tal primor que parecía bordada sobre punto de flandes.
Acaso la idea del paseo, que en viniendo la noche debía dar en compañía de su madre, el convencimiento de que era hermosa y de que aquella tarde los adornos habían añadido gracia a las que el cielo se sirvió dispensarle a manos llenas, la hicieron olvidar de sus antiguos motivos de pesadumbre, lo cierto es que se sentía alegre, contenta, satisfecha, sin que ella misma supiera darse cuenta de aquel estado poco común en su alma naturalmente melancólica, antojadiza, displicente.