La peineta calada
La peineta calada La vieja Chirinos, vestida de limpio, abrigada con un gran pañuelo blanco, silenciosa y pensativa, también se hallaba por allí inmediato a su hija. El aire grave y siniestro de esta mujer, que imitaba al de las aves de rapiña cuando están en reposo, su postura encorvada, el color bronceado de su rostro y manos, únicas partes de su cuerpo entonces visibles, al lado de las gracias, juventud y belleza de Rosario, ofrecían el aspecto de la muerte y la vida, el crimen y la inocencia en repugnante compañía.
Al parecer nuestras dos mujeres habían sostenido una larga conversación, así se colige al menos por las últimas palabras de la Valdés que dirigió a su madre después de una breve pausa, cual si dijéramos cinco minutos después del momento en que se la presentamos al lector sentada en el poyo de su ventana.
–Bien me decía él, madre, que se había casado por fuerza, por necesidad, por salir de su padre, hombre malo y cruel, que le obligaba a trabajar como un negro, desde por la mañana hasta la noche y luego no le dejaba salir a la calle. Usted no sabe lo contenta que estoy.