La peineta calada

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–Y debes de estarlo, hija mía –repuso la vieja sin mirarla ni cambiar de postura–. Las mujeres como tú no tienen otro patrimonio que su reputación, si ésta la pierden queriendo a este, y al otro hombre, paran mal, muy mal, hija mía, porque en ninguno se fijan, de ninguno obtienen un verdadero cariño, y todos se creen autorizados para engañarlas y despreciarlas y luego que se fastidien. Llévate esto por delante: la mujer que desea gozar en el mundo debe poner su cariño en uno o dos hombres nada más; esto es, en uno o dos hombres que ya conozca a fondo y que esté convencida son constantes en sus afectos. Lo que te sé decir, Rosario, es que muy pocas mujeres aprenden desde temprano a vivir en el mundo, casi todas pasan por muchos desengaños, experimentan muchos chascos y cuando adquieren experiencia ya son viejas, ya nadie les hace caso. Tú debes dar gracias a Dios por haber conservado los días de tu madre para que te quiera y comunicara cosas importantes de la vida, que tú no aprenderías sino muy tarde, a la hora que de nada te servirían.

–Mamá –interrumpió de pronto la muchacha, que habiendo sacado a la sazón la cabeza por un postigo de la ventana, miraba a lo largo de la calle–, mamá, ¿usted no sabe como me parece que él viene por la esquina?


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