La peineta calada

La peineta calada

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–¿Sí? –dijo la vieja y su semblante y cuerpo todo momento antes al parecer inanimados, impasibles, se animaron y se pusieron en movimiento–. Pues recíbelo tú interín, yo voy allá arriba.

–¿Me deja usted sola?

–¿ Cuándo le has tenido tú miedo? –replicó la Chirinos en tono burlón e irónico.

–Pero ya usted ve que no hay luz aquí.

–Para conversar no se necesita luz.

–¡Madre! –exclamó Rosario enfadada de ver sus: modos y de oírla expresarse en unos términos tan ambiguos y maliciosos–. Yo de quien tengo miedo es de usted, de usted que parece espirituada hoy.

–¿De mí? –repitió la vieja riendo–. No hables desatinos, muchacha: yo vuelvo ahora.

Al mismo tiempo y sin añadir más palabra subió la escalera del zaquizamí, corrió a la ventana o claraboya que dijimos daba a la calle, asomó por ella la cabeza y se puso a observar cuando entraba en su casa la persona que aguardaban. Y no bien metió dentro un pie, quitóse con presteza el pañuelo blanco del cuello, agitólo en el aire dos o tres veces y como fatigada de un esfuerzo más moral que físico, se dejó caer en un sillón hondo de campeche, allí inmediato.


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