La peineta calada

La peineta calada

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La muchacha, así que desapareció su madre de la sala, fue a la mesa que había debajo del cuadro de san Rafael para encender la vela. Empezaba a brotar la luz entre los dedos y a iluminar su apacible y agraciado rostro, a tiempo que la persona de que hablamos llegó, la rodeó con el brazo izquierdo por la cintura e imprimió sobre su carrillo derecho un beso.

–¿Me esperabas? –le preguntó luego con blanda expresión de cariño.

–No –contestó ella sin dejar su ocupación ni esquivar los halagos–. Mamá me dijo que tú no vendrías hasta mañana.

–Es verdad que así se lo prometí, pero no he podido resistir al deseo de verte.

–¡Falso! –exclamó la Valdés en tono de amable reconvención–. ¡Falso! No hay quince días que no querías saber ni del santo de mi nombre.

–Entonces estaba yo equivocado, alma mía, estaba, te lo confieso, celoso de ti, enojadísimo y a la verdad justamente; al menos las apariencias eran que no te disgustaban del todo los obsequios de don Liborio. Mas ya me he desengañado que ese hombre indigno procedió contra mí por rabia de que tú no le hacías caso, que estás inocente de todo y que eres la única mujer que sabes amarme, cual desea mi corazón.

–No debía dar ningún crédito a tus palabras, porque el que engaña una vez engaña ciento.


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