La peineta calada

La peineta calada

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–¿Y yo te he engañado, cielo mío? ¿Cuándo? ¿En qué? No llames engaño lo que fue dolor; sentimiento, cólera de la equívoca conducta que me pareció usabas conmigo, tú, mi primer amor, el ídolo de mi alma, por que he padecido tanto y por quien he hecho las únicas locuras de mi vida.

–Andrés (porque Andrés era) –dijo la muchacha sonriendo–, el que desee huir de ti debe principiar por no oír tus disculpas.

En aquella misma sazón bajaba seña Caridad la escalera del zaquizamí y como puede imaginarlo el lector, la muchacha volvió el rostro asustada y el mancebo recogió la irrespetuosa mano.

–¡Oh! ¡señor mío! –exclamó la vieja haciéndose de nuevas–, ¿tanto bueno por acá? Me alegro mucho.

–Para servir a usted, seña Caridad –contestó el oficial de peinetero en tono seco, quizás porque le había interrumpido en lo más agradable de su coloquio amoroso con Rosario.

–No vengo a escuchar la conversación de ustedes –añadió la Chirinos viendo que se estaban quedos y callados como dos santos–, pueden ustedes seguir.


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