La peineta calada
La peineta calada Y derecho fue a la ventanilla donde se echó de bruces con las espaldas vueltas enteramente hacia el sitio que ocupaban todavía de pie y arrimados a la mesa Rosario y Andrés. Estos continuaron su plática en voz muy baja, en tanto que la vieja los atisbaba al descuido, pero sin dejar de ver la calle, en donde ya hacía noche y algo tenebrosa a pesar de los faroles a aquella hora todos encendidos.
Cerca de las ocho, a favor de la especie de aurora rojiza que formaban los dichos faroles hasta la altura de las goteras, a seña Caridad parecióle distinguir una cosa blanca, que ya aparecía ya desaparecía, cual un espectro, a lo largo de la calle. A medida que se iba acercando el bulto blanco, fue reconociendo el vestido de una mujer, luego la manta con que se cubría la cabeza, hasta que advirtió que era seguida de un muchacho y de un carruaje. Así que estuvo aquélla a veinte pasos de su casucha, juntó una hoja y por última vez echó una mirada furtiva hacia el bello grupo que formaban su hija y Andrés abrazados y olvidados quizás de que alguien podía observarlos.
En ese momento resonó en la calle un hondo gemido, al cual se siguieron los pasos precipitados de un hombre, la carrera de un carruaje y los gritos de un muchacho que decía:
–¡Para, para, calesero!
–¿Qué es eso? –preguntó Andrés azorado.