La peineta calada
La peineta calada –Usted dispense, doña Doloritas –prosiguió el muchacho sin turbarse por aquel exabrupto–. Pero usted debe considerar que yo no tengo diez cuerpos para cumplir a un tiempo con tantos mandados: además, que yo creà que el recado de don Andrés no precisaba mucho, porque él no me dijo, como otras veces, corre, Ciriaco ahora mismo, sino ve en un brinco. En un brinco se va en cualquier tiempo.
–¡Yo no sé cómo Andrés me manda decir nada con este muchacho, que es capaz de aburrir a un santo! –exclamó Dolores, volviéndole la espalda y enojada de oÃrle charlar.
–¿Qué es eso? ¿Qué se ha ofrecido? ¿Qué te ha dicho Ciriaco? ¿Qué le ha sucedido a Andrés? –preguntó la señora que ya habÃa acabado de acomodar las flores.
–¿Usted no lo oye? ¿Usted no lo oye, mamita? ¡Mil mentiras y necedades, que sólo Dios sabe como he tenido paciencia para escucharlo!
–Estas cosas se hacen asà –agregó la madre de Dolores agarrando al muchacho por un brazo y acariciándole–. Dime, Ciriaco, ¿vienes tú de la tienda ahora?
–Doña Doloritas no lo quiere creer.
–Calla, y contesta lo que se te pregunta, ¿vienes de la tienda?
–SÃ, señora.