La peineta calada

La peineta calada

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–¿No quedaba en ella Andrés?

–Sí, señora… Es decir a usted; que no sé si quedaba o no. Porque yo entré y salí corriendo.

–¿Usted lo ve, mamita? Todas esas son mentiras. A Andrés no le ha de haber sucedido algo. Deje usted que se vaya ese muchacho de Barrabás. Vete, vete, Ciriaco.

–Pero si tú no le dejas explicarse. Dime, Ciriaco.

–No, no le pregunte más, mamá –interrumpió Dolores a su madre, empujando al muchacho hacia afuera.

–Usted dispense, usted dispense, doña Doloritas –repetía éste bajando la escalera más que de prisa, pues el airado semblante de la joven era para temer que no se contentara con echarlo de su casa con palabras.

–Madre mía –dijo Dolores en tono lloroso, luego que hubo desaparecido el travieso muchacho–, es preciso que vayamos ahora mismo a la tienda. Nadie me quita de la cabeza que a Andrés le ha de haber sucedido algo. El corazón me lo estaba anunciando desde por la tarde.

Y le contó las palabras que le había dicho el desconocido al pie de la escalera cuando al oscurecer bajó creyendo que era Andrés el que llegaba.


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