La peineta calada

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–Eso no pasa de una chanza replicó la señora–. Los jóvenes del día todo lo echan a burla y a risa: esto no es nuevo para ti. Creería que tú habías bajado a esperar tu cortejo, y por no dejar de decirte algo, te dijo que no lo esperaras, pues no vendría. Tranquilízate. Además, hija, es tarde, están muy oscuras 1as calles, hace mucho viento y frío, y Andrés no puede tardar. Esperemos un poco.

La joven, llena de angustia, anegada en lágrimas, se echó en una silla, cubriéndose la cara con las puntas del pañuelo de seda que traía al cuello, y la madre en la apariencia tranquila y ajena del dolor que oprimía el corazón de la hija, tomó la canastica de flores artificiales, tarea de aquel día, y se dirigió al cuarto para guardarla dentro de un enorme escaparate de cedro, tan antiguo, que al verlo cualquiera creería que habría sido labrado con las primeras maderas cortadas en la isla después de su descubrimiento.







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