La peineta calada
La peineta calada A esta sazón oyéronse en la calle el ruido de pasos precipitados, muy luego los gritos de: ¡ataja! ¡ataja! ¡ataja al ladrón! dados por una voz varonil, y al mismo tiempo los golpes de muchas puertas que en vez de abrirse se cerraban violentamente. La joven acudió al balcón tal vez porque creyó reconocer aquella voz, tal vez por mera curiosidad o por instinto; y a la luz vacilante de los faroles pudo divisar tres hombres que corrían en vuelta de Paula, dos delanteros mal vestidos y uno detrás en mejor traje. Pero no pudo seguirlos largo espacio con la vista, pues que sintió pasos en la escalera, y corrió a la puerta que a ella daba, a donde ya había llegado su madre y cerrándola por dentro.
–Madre, ¿por qué cierra? –exclamó la intrépida muchacha empujándola y abriendo la puerta de par en par.
No bien dijo esto y se abrió la puerta cuando cayó a los pies de entrambas mujeres una joven, vestida en traje como de baile; traíala en sus brazos, o por mejor decir, arrastrábala una vieja mulata, que la soltó allí de puro cansancio.