La peineta calada
La peineta calada A tiro de ballesta se conocía que el de que hablamos era de alquiler no sólo por su hechura, su carencia total de adornos y el calesero sucio, con sombrero gris de puro viejo, la chaqueta raída y sin galones, las botas de campaña y llenas de lodo, mas también por la montura encaramada encima de cuatro sudaderos desvencijados y todo encima de un caballo flaco, huesudo y hambriento que tiraba de él, verdad es, con bastante rapidez, pero con aquella rapidez que imprime un látigo siempre chasqueando. Dos personas lo ocupaban: un hombre y una mujer. Ésta, desmayada, vestida de blanco, cubierto el rostro con una manta negra de seda; aquél, vestido de chupa, pantalones de color y sombrero de paja, sosteniéndola en sus brazos y contemplándola con cierta especie de respeto, mezclado de salaz alegría.