La peineta calada
La peineta calada Acercó el hombre dos sillas, sus asientos, arrimólas a la pared y entre ellas colocó la mujer para que no se cayera, mientras él encendía la luz; lo que hizo en breve, aunque para ello se sirvió del antiguo método de la piedra, el eslabón, la yesca y la pajuela. Después trajo agua en una vasija de barro bermejo, roció con ella el pecho de la desmayada, que a la impresión fría del líquido, recuperó sus sentidos exhalando un largo suspiro. Revolvió en torno los ojos, como espantada, y el examen rápido que hizo de aquella casucha le causó más horror; porque fuera de que estaba toda desmantelada, no tenía más ventana que la estrecha que hacía a la calle, e interiormente dos puertas, una para salir al patio, y otra de comunicación con él, que más parecía boca de cueva que puerta; además, todas sus paredes se veían manchadas de columnas de humo de vela, cual si careciendo de candelero y de mesa donde colocarla, hubiesen hecho frecuente uso de aquéllas; y las telarañas casi habían ocultado el techo y rincones.
Cuando terminó el examen de la casa, la mujer echó una ojeada sobre el hombre que allí la había traído y que entonces de pie, frente a frente de ella, la contemplaba en silencio profundo con. centelleantes ojos, no pudo menos de taparse la cara, aunque ahogó el grito de espanto que iba a escapársele.