La peineta calada

La peineta calada

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En efecto, difícilmente pudiera darse un hombre cuya presencia infundiera más miedo y repugnancia a una mujer delicada que la del desconocido. Vestía de chupa y pantalón de color, según dijimos más arriba, pero no traía chaleco ni corbata y el cuello y pechera de su camisa, que parece pocas veces los habría abrochado, dejaban ver un pecho y pescuezo negro, lo mismo que las manos y los carrillos, pues los vellos le brotaban hasta por los ojos y le daban el aspecto de un oso. Sus pobladas cejas, sus mejillas rojas, como sangre, su postura y aire desfachatados no eran menos repugnantes: conjunto de malicia y grosería de que debía formar triste idea una mujer, naturalmente tímida y débil, entregada a su merced.

–¿Dónde me ha llevado usted? –le preguntó ella sin mirarle la cara.

Y viendo que no le respondía ni se meneaba enderezóse de súbito, corrió a la puerta, en ánimo de escaparse. Pero el velludo, sin más que ponerle una mano en el hombro, la hizo dar una vuelta en sentido contrario de la dirección que había tomado.

–¿Por qué me detiene usted? ¿Qué quiere usted conmigo? –tornó a preguntarle, mirándole entonces faz a faz, cual si de todo punto le hubiese perdido el miedo.

–Sosiéguese un poco, niña –contestó el desconocido sonriéndose–, y hablaremos.


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