La peineta calada
La peineta calada –Pero abra usted la puerta. Yo no quiero estar aquÃ… Este encierro me ahoga… Déjeme usted ir.
–Buen mentecato serÃa yo si el pájaro que cayó en mi trampa le dejara ir libre sin arrancarle siquiera una pluma del ala.
–¿Llevará usted su osadÃa hasta?..
–No soy osado, niña –la interrumpió con precipitación el hombre–, sino justo. Amigo de cobrar lo que se me debe y pronto…
–¿Y qué le debo yo?
–¡Oh! un servicio importante que no se paga con cualquier cosa, con un "doy a usted las gracias", no, señora.
–Bien: le daré a usted el dinero que guste.
–¡Dinero! ¡dinero! –repitió él con mofa–. ¿Y para qué quiero yo el dinero? ¿Te figuras que me falta dinero? Tengo más dinero que granos de arroz dan por un real. Escucha, escucha –y se sonaba los bolsillos de los pantalones–. Demasiado sabes tú que no es dinero lo que busco ni lo que pido en pago del sacrificio que acabo de hacer por ti.
–Usted no ha hecho nada por mÃ, absolutamente nada.