La peineta calada

La peineta calada

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–¡Ingrata! ¡Dejarías de ser hembra!… ¿Conque nada, nada he hecho por ti? ¿Y quién te fue a avisar que tu marido te la pegaba? ¿Quién te guió a la casa de su querida? ¿Quién, exponiendo su pellejo, te ha traído hasta aquí para que no te cogieran en la calle y te estropearan? ¿Te parece poco?

–Me reclama usted como un servicio, hombre infernal, lo que sólo ha servido y servirá para mi eterna condenación, para quitarme la tranquilidad y acaso la vida. ¿No estuviera yo ahora en casa sosegada si usted no me hubiera ido con el chisme de que mi marido se hallaba allí, con esta y la otra mujer? En vez de gratitud merecía usted la muerte.

–¿Y tú no me encargaste que te lo avisara? ¿Te olvidas que me lo encargaste, o finges olvidarlo para no estarme agradecida? Pero ésa es maña vieja, niña, y conmigo no vale. Ya soy yo perro viejo para que tú me engañes, tú, que aún no has mudado el colmillo, que viniste ayer al mundo. Lo prometido es debido.

–Yo no le he prometido a usted nada: usted se equivoca. ¡Oh! ¡por el amor de Dios, no abuse usted de la debilidad de una pobre mujer!… –exclamó ella cayendo de rodillas, como delirante, en tono de humilde súplica y con los ojos bañados en lágrimas, pues conoció que el desconocido iba a pasar de las palabras a las obras, porque se reía y le brillaban los ojos cual lumbre y se le ponían los mofletes cada vez más bermejos.


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