La peineta calada

La peineta calada

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–Ganas me estaban entrando de dejarte así por algún tiempo, porque nunca me has parecido tan interesante como ahora; sin embargo, conozco que no soy el mejor santo para que tú me ruegues de rodillas. Tú no mereces estar ahí en el suelo, sino aquí en mi pecho, en mi corazón.

Esto diciendo se inclinó sobre la joven con los brazos abiertos o para levantarla o para abrazarla, mas ella impeliéndole violentamente le hizo dar un traspié y con la rapidez del rayo se abalanzó a la puerta a tiempo que ésta se abrió con gran estrépito, le pegó en la frente y la derribó en tierra, junto con el velludo que corriendo en su alcance recibió una pedrada en el pecho y quedó tendido de espaldas. Todo fue instantáneo.

Un hombre y un muchacho penetraron allí: aquél, saltando por encima de la mujer, cayó como un tigre sobre el velludo, le puso un pie en la garganta y con el otro le aplastó las narices, por las cuales saltó un chorro de sangre: el muchacho, llorando y gritando: ¡Hermana mía! ¡hermana mía! se abrazó con la mujer, en quien el lector ya habrá reconocido a Dolores, así como a Andrés, su esposo, en el recién llegado y a don Liborio en el derribado y maltratado mofletudo.


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