Eneida
Eneida Bajo de allí y guiado por la diosa me abro vía entre llamas y enemigos.
Los dardos me dan paso y retroceden ante mí las llamas.
Cuando había arribado ya al umbral de la casa paterna,
de la vieja morada de mi padre, que él era a quien quería
635 antes que nada llevármelo a lo alto de los montes, al que primero yo buscaba,
mi padre se me niega, asolada ya Troya, a prolongar sus días
y a sufrir el destierro. «Vosotros cuya sangre no han frenado los años todavía
—prorrumpe—, cuyas fuerzas se mantienen pujantes en su vigor primero,
640 vosotros emprended la huida. En cuanto a mí,
si hubieran querido los celestes moradores que siguiera viviendo,
me habrían conservado esta morada.
Me basta a mí y me sobra con haber ya una vez contemplado
arrumbada la ciudad y haber sobrevivido a su captura.
A mi cuerpo, tendido como está, precisamente así, dadle el adiós