Eneida
Eneida ni hueste griega alguna aglomerada contra mí, me espanta ahora
cualquier vuelo del aura, me sobresaltan ya todos los ruidos,
suspenso y receloso a un mismo tiempo por el que llevo al lado y por mi carga.
730 Ya estaba aproximándome a las puertas, ya me creía yo haber dejado atrás
todo el camino. De pronto resonando en mis oídos nos pareció acercarse
un son de apresurados pasos. Y mi padre adentrando en las sombras su mirada
me da voces: «¡Hijo mío, hijo mío, huye, se acercan!
Distingo los escudos llameantes y relumbres de bronce».
735 Entonces en mi alarma yo no sé qué poder no amigo mío
me arrebató el sentido ya confuso. Pues mientras presuroso
prosigo por parajes apartados y abandono la ruta que me era conocida:
¡ay de mí!, un hado aciago me arrebató a mi esposa Creúsa. ¿Se detuvo?
¿Erró el camino? ¿O cayó rendida de fatiga?
740 No lo sé. Nunca más fue devuelta a nuestros ojos,