Eneida
Eneida que oscurecen con sus cuajos la tierra. Un frío horror me sacude los miembros.
30 Se me hiela de espanto la sangre. Sigo y trato de nuevo de arrancar
el flexible brote de otro, y esclarecer la causa del misterio.
De la corteza del segundo mana de nuevo negra sangre.
Dando vueltas a mi mente
invocaba a las ninfas de los bosques y al padre Gradivo que preside
35 los campos de los getas implorando tornaran la visión favorable
y aliviaran mi mente del presagio. Pero luego que ataco el tercer brote
con mayor brío todavía, y estoy rodilla en tierra
luchando por la arena resistente —¿podré decirlo o callaré?—,
desde lo hondo del cerro se percibe un gemido lastimero
40 y me llega esta voz a los oídos: «¡Desgraciado de mí!
¿A qué me despedazas, Eneas?
Ten piedad del que yace en el sepulcro. Deja ya de manchar tus manos puras.