Eneida

Eneida

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Me quedo estupefacto y ardo en ansias de encontrarme con Héleno

y enterarme por él de hechos tan sorprendentes.

300 Avanzo desde el puerto y dejo atrás las naves y la orilla

en el momento mismo en que estaba Andrómaca,

por suerte, enfrente de la ciudad

en el claro de un bosque, a la orilla de un Simunte, remedo de aquel otro,

haciendo, cual solía, su sacrificio anual con sus tristes presentes

a las cenizas de Héctor. Invocaba a los Manes en presencia

305 del cenotafio de Héctor, que había consagrado en verde césped

junto con dos altares por avivar sus lágrimas.

Al punto en que me ve y atónita avista armas troyanas

en derredor de mí, aterrada a la vista del prodigio,

queda yerta al mirarme, desfallece y al cabo de largo rato dice a duras penas:

310 «¿Es de verdad tu rostro? ¿Vienes como veraz mensajero a mi encuentro,

tú, nacido de diosa? O si la vida abandonó tu cuerpo ¿dónde está Héctor?»


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