Eneida
Eneida Prorrumpe y de sus ojos fluye un raudal de lágrimas
y llena con sus gritos todo el bosque.
Apenas acierto a replicar a su delirio. Balbuceo turbado voces entrecortadas:
315 «Vivo, es cierto. Arrastro mi vida entre sus desgracias.
No lo dudes. Es verdad lo que ves.
¡Ay! ¿Qué hado te ha cabido después de que perdiste a tal esposo?
¿O qué fortuna, digna de ti, Andrómaca de Héctor, ha vuelto a visitarte?
320 ¿Todavía estás unida a Pirro?» Baja los ojos y con voz abatida profiere:
«¡Dichosa sobre todas aquella muchacha, hija de Príamo[72], condenada a morir
ante tumba enemiga bajo los altos muros de Troya, que no hubo de sufrir
sorteo infame ni cautiva llegó a tocar el lecho de un amo vencedor!
325 Nosotras, incendiada nuestra patria, trasladadas sobre mares distantes,
tuvimos que sufrir la arrogancia del vástago de Aquiles, a aquel mozo insolente,
forzadas a trabajos de esclavas. Después él se va en busca