Eneida

Eneida

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145 Acude el dios, alza su tridente y les da paso entre las vastas Sirtes.

Sofrena el oleaje y se va deslizando por cima de las olas sobre las leves ruedas.

Igual que cuando en medio de una gran multitud estalla a menudo un tumulto

y brama enardecido el populacho, vuelan teas y piedras

150 —su furia improvisa armas— si ven de pronto

alzarse un varón respetable por su virtud y mérito,

callan y permanecen con el oído atento; él va con sus palabras dominando sus ánimos

y ablandando su enojo, así todo el fragor del oleaje se reduce al instante

155 en que el dios tiende su mirada sobre las olas, y por el cielo, libre ya de nubes,

lanzado a la carrera maneja sus corceles y les va dando rienda

rodando con su carro volandero.

Agotados porfían Eneas y los suyos

en alcanzar la playa más cercana y vuelven proa a las riberas libias.

160 En una honda ensenada hay un resguardo.

Forman puerto los flancos de una isla

donde todas las olas de alta mar


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