Eneida
Eneida 550 y dejamos el albergue de unos hombres descendientes de griegos
y sus campos sospechosos. Desde allí se divisa el golfo de Tarento,
la ciudad de Hércules, si es verdad lo que dicen. Se halla enfrente
la divina Lacinia y las torres de Caulón y el Esciláceo, quebradero de naves.
Y a lo lejos, surgiendo de las olas, columbramos el Etna siciliano.
555 Y nos llega lejano a los oídos el gemido pavoroso del mar,
y sus embates en las rocas y su estruendo a lo largo de la orilla.
Exultan entre espuma los bajíos y revuelve la arena el oleaje.
Mi padre Anquises: «De seguro que es aquella Caribdis; esos son los escollos,
esas son las pavorosas rocas que Héleno nos predijo. Escapad compañeros.
560 Alzaos en los remos todos a una». Hacen lo que les manda.
Comienza Palinuro por desviar hacia la izquierda la crujiente proa,
y toda la flota enfila hacia la izquierda a remo y viento.