Eneida
Eneida Veneramos, como se nos mandó, las excelsas deidades del lugar.
De allí paso a lo largo de la ubérrima vega del marismoso Heloro,
y rasamos el alto acantilado y el saliente de rocas de Paquino.
700 Y aparece a lo lejos Camarina, a quien no dejó el hado ser movida,
y los llanos gelonos y la ciudad de Gela, llamada así por su imponente río.
Después la arriscada Agrigento, antaño criadora de fogosos corceles,
muestra a lo lejos sus potentes muros. Y en alas de los vientos
705 te dejo atrás, Selinunte, y tus palmares, y voy salvando el riesgo
del mar de Lilibeo con sus ciegos bajíos. Y me acoge después
el puerto y la infausta ribera de Drépano.
Y allí, tras sufrir los embates de tantas tempestades,
pierdo a mi padre Anquises, ¡ay!,
710 consuelo de todas mis angustias e infortunios. Allí me dejas solo
en mis fatigas tú, el mejor de los padres, arrancado,
¡ay!, en vano de tan grandes peligros.