Eneida
Eneida Pero la reina herida hacía tiempo de amorosa congoja
la nutre con la sangre de sus venas y se va consumiendo
en su invisible fuego. Da vueltas y más vueltas en su mente
a las prendas de Eneas y a su gloriosa alcurnia.
Lleva en su alma clavados su rostro y sus palabras. Su mal
5 no les deja a sus miembros ni un punto de paz ni de sosiego.
Ya la aurora siguiente iba alumbrando la tierra con la antorcha de Febo
y ya había ahuyentado la húmeda sombra por el haz del cielo
cuando fuera de sí se dirige a su hermana, alma de su alma:
«¡Ay, Ana, hermana mía, qué sueños tan horribles me tienen angustiada!
10 ¿Quién es ese huésped que acaba de entrar en nuestra casa?
¡Qué gallardo su aspecto! ¡Qué valiente y qué diestro en las armas!
Lo creo, sí, no lo aseguro en vano, es de raza de dioses.