Eneida
Eneida la diosa de Citera sin poner resistencia
y sonríe ante la estratagema de su ingenio.
Entre tanto la aurora deja el mar y se va alzando.
Sale al primer albor por las puertas
130 la flor de sus monteros portando redes de espaciada malla,
lazos, venablos de ancho hierro.
Irrumpen los jinetes masilos con su traílla de canes
de penetrante olfato. En el umbral de su palacio
los príncipes fenicios aguardan a la reina
que tarda allá en su cámara. Presto está su corcel
135 con su jaez de grana y de oro, tascando altivo su espumante freno.
Sale al cabo la reina rodeada de una amplia comitiva. Viste un manto sidonio
con cenefa recamada. La aljaba es de oro,
de oro las cintas con que anuda sus cabellos
y de oro el prendedor que recoge en el cuello la túnica de púrpura.
140 Se adelanta también la comitiva frigia y Julo alborozado.
Y avanza a acompañarla el mismo Eneas
que a todos aventaja en gallardía. Asocia su cortejo al de la reina.