Eneida
Eneida Igual que cuando Apolo deja Licia, su retiro invernal, y el río Janto
y se traslada a la materna Delos y forma allí sus coros,
145 allí donde cercando los altares, los cretenses mezclados con los dríopes
y agatirsos[97] tatuados prorrumpen en bramidos.
Camina él por las cumbres del Cinto[98].
Una guirnalda de tierna fronda ciñe su undosa cabellera, que retiene
una diadema de oro. En el carcaj al hombro las flechas tintinean.
150 No va menos gallardo que él Eneas; la misma galanura su noble rostro irradia.
Cuando llegan, ya en la cumbre del monte, a unos breñales sin acceso,
de repente unas cabras monteses lanzadas desde el pico de una peña
galopan por las lomas cuesta abajo.
De otro lado unos ciervos cruzan a la carrera
el ancho llano. En la huida se apiña su escuadrón polvoriento
155 dejando atrás los montes. El niño Ascanio disfruta en la hondonada
incitando al galope a su fogoso potro;
ya logra adelantar a unos en la carrera, ya aventaja a los otros.