Eneida
Eneida entrar por las paredes y he aspirado con mis mismos oídos sus palabras.
360 Deja de consumirte y consumirme con tus quejas.
No voy a Italia por propia voluntad».
Mientras hablaba, hacía rato ya que le estaba mirando de través.
Giraba a un lado y a otro la mirada. Le recorren sus ojos en silencio
de arriba abajo hasta que rompe a hablar ardiendo en ira:
«¡Traidor, tú no has tenido por madre diosa alguna, ni provienes
365 de la estirpe de Dárdano! Te ha engendrado
el horrendo Cáucaso entre los filos de sus riscos.
Tigres hircanas[106] te han criado a sus ubres.
Pero ¿a qué disimulo? ¿O qué ofensa mayor
espero todavía? ¿Ha tenido un gemido siquiera ante mi llanto?
¿Ha vuelto a mí los ojos? ¿Acaso se ha ablandado y ha vertido una lágrima
370 o se ha compadecido de quien le ama? ¿Qué maldad ponderaré primero?
Ya ni la excelsa Juno ni el hijo de Saturno contemplan esto ecuánimes.