Eneida
Eneida va hacia su desolada hermana. Su cara disimula su designio;
clarea una serena esperanza en su frente:
«Felicítame, hermana, he encontrado el camino
de que vuelva a mi lado, o de librarme de su amor.
480 Cerca de los confines del Océano, donde se pone el sol, está Etiopía,
el país más remoto de la tierra, donde el enorme Atlante
hace girar sobre sus hombros el eje del cielo
constelado de luceros radiantes. Me han enterado
de una sacerdotisa que hay allí. Es de raza masila[109]. Les guardaba
el templo a las Hespérides; daba ella de comer al dragón y cuidaba del árbol
485 de las ramas sagradas vertiendo para aquél gotas de miel
y granos de amapolas soporíferas. Ésta con sus ensalmos asegura que puede
librar los corazones que ella quiere, infundir en otros
tenaces obsesiones, detener la corriente de los ríos,
hacer retroceder a las estrellas;
490 ella evoca a los Manes en la noche; sentirás mugir bajo sus pies