Eneida
Eneida y la corona de follaje fúnebre. Sobre el lecho coloca las prendas del vestido,
la espada que se dejó olvidada y la imagen del ingrato, bien segura
del fin que se propone. En torno están dispuestos los altares. Y la sacerdotisa
suelta la cabellera, con voz de trueno va invocando los nombres
510 de los trescientos dioses y llama al Érebo[110] y al Caos y a Hécate la triforme
y a Diana la doncella de tres rostros. Había derramado también agua,
agua que se creía tomada de la fuente del Averno. Van en busca de yerbas
que recogen a la luz de la luna segándolas con la hoz de bronce,
de las que manan leche de negruzco veneno.
Y se hacen a la par con el filtro de amor
515 arrancado a la frente de un potrillo al nacer y arrebatado al ansia de su madre.
La misma Dido está junto al altar;
con manos puras ofrece el don de la harina sagrada.
Descalzo un pie, la veste desceñida[111], invoca por testigos
a punto de morir a los dioses y a los astros que saben su destino.