Eneida
Eneida por la ciudad atónita. Lamentos y gemidos y alaridos de mujeres
estremecen las casas. Va resonando el aire cimero de plañidos imponentes,
igual que si Cartago entera o si la antigua Tiro se vieran invadidas de enemigos
670 y avanzara rodando la furia de las llamas por lo alto de las casas de los hombres
y los templos de los dioses. Lo escucha su hermana sin aliento.
Despavorida se abalanza corriendo a través de la turba
hiriéndose la cara con las uñas y el pecho con los puños
y gritando llama a la moribunda por su nombre:
675 «¡Esto te proponías, hermana! ¡Pretendías engañarme! ¡Esto me reservaban
este fuego, esta pira, estos altares! ¿Por dónde empiezo a lamentarme
de tu abandono? ¿Has desdeñado que tu hermana te hiciese compañía al morir?
Si me hubieras llamado a compartir tu suerte,
la misma espada, una misma hora
nos hubiera a las dos arrebatado. Pensar que he alzado yo con estas manos
680 la pira y que he invocado a nuestros dioses paternos con mi voz