Eneida
Eneida para que cuando tú te vieras en la pira, ¡cruel de mí!, estuviera yo lejos.
Te has destruido a ti y a mí contigo, hermana,
y a tu pueblo y al senado de Sidón
y a la misma ciudad. Dejad lave con agua las heridas
y si vaga algún soplo de vida por sus labios todavía,
dejadme recogerlo en los míos».
685 Dijo. Había escalado las gradas de la pira y abrazando a su hermana agonizante
la abrigaba en su seno entre sollozos y trataba con su ropa
de restañar los brotes de oscura sangre.
Dido intenta alzar los párpados pesados.
De nuevo desfallece. La honda herida de la espada clavada borbollea en su pecho.
690 Tres veces apoyándose en el codo intenta incorporarse, otras tres
cae hacia atrás rodando sobre el lecho. Sus ojos extraviados
buscan la luz del día por la bóveda del cielo.
Al hallarla prorrumpe en un gemido.
Entonces apiadada la omnipotente Juno de su largo dolor y penosa agonía
manda a Iris[116] que descienda del Olimpo a que libere su alma,