Eneida
Eneida 15 Tuerce el sesgo del viento las lonas y habla así:
«¡Eneas, el de alma generosa, aunque me lo asegure Júpiter empeñando su palabra,
no abrigaría la esperanza de arribar con este cielo a Italia!
Vira bramando el viento y azota de costado.
20 Se alza de entre las sombras del poniente. El aire se ha tupido en una nube.
Ni cabe plantar cara ni nos sirve de nada nuestro esfuerzo. Nos vence la fortuna.
Obedezcamos y allá donde nos llama volvamos nuestro rumbo.
No está lejos, yo pienso, la costa acogedora de Érice, hermano[119],
25 ni los puertos de Sicilia, si acierto a calcular el curso de los astros
que guardo todavía en mi memoria». Y el buen Eneas: «Veo en efecto
que el viento ya hace rato así lo exige y que en vano pugnas por oponerte.
Tuerce el rumbo. ¿Puede haber tierra alguna más grata para mí
o donde más desee guarecer mis fatigadas naves
30 que en esta que me guarda a mi dardanio Acestes,