Eneida
Eneida que logran encontrar, avergonzadas de su obra y de la misma luz del día.
Vuelven a ser las que eran; reconocen a los suyos
y es expulsada Juno de sus almas.
680 Mas no cejan las llamas en su indómita pujanza.
Bajo el húmedo roble sigue ardiendo la estopa
que vomita una espesa humareda,
y devora el fuego lento las quillas y se corre la ruina por el cuerpo de las naves.
Y no sirve el esfuerzo de los héroes ni los torrentes de agua que derraman.
685 Ante esto la piedad de Eneas desgarrando la veste de sus hombros
llama a los dioses en su ayuda y tiende hacia la altura las palmas de las manos:
«¡Omnipotente Júpiter!, si no has llegado a odiar
a todos los troyanos hasta el último,
si aún tu piedad de antaño conserva una mirada
para los sufrimientos de los hombres,
690 danos, Padre, librar ya nuestras naves de las llamas y arranca de la muerte
los reducidos bienes de los teucros, o manda a lo que queda tu rayo destructor,