Eneida
Eneida si lo merezco, y húndenos aquí mismo con tu diestra».
Hablaba todavía cuando, sueltos los hilos de la lluvia,
se desata una negra tempestad de furia nunca vista;
retumban con los truenos los montes y los llanos
695 y desde todo el cielo se derrumba una fiera tromba de agua
ennegrecida por los densos Austros. Y las naves se inundan
y el agua va empapando la madera a medio arder hasta que todo el fuego
va apagándose y quedan todas las naves menos cuatro a salvo del incendio.
700 Pero el caudillo Eneas, condolido de aquel acerbo trance,
daba vueltas en su alma al paso de sus cuitas
fluctuando en su duda de quedarse en los campos sicilianos
sin cuidar de los hados o continuar en busca de las costas de Italia.
Entonces Nautes, ya bien entrado en años,
a quien la misma Palas Tritonia aleccionó
705 con preferencia a todos e hizo que destacara por sus egregias dotes