Eneida
Eneida —ella misma le daba la respuesta revelándole qué presagiaba el enconado enojo
de los dioses o quĂ© exigĂa el curso de los hados— trata de confortar
a Eneas de este modo: «¡Hijo de diosa!, sigamos donde el hado nos guĂe,
710 adelante o atrás; debemos superar cualquier fortuna sabiendo soportarla.
Cuentas aquĂ con el dardanio Acestes, de ascendencia divina.
Hazle que participe de tus planes,
asĂłcialo contigo; Ă©l lo desea. ConfĂale el cuidado
de aquellos cuyas naves se han perdido y aquellos a que enfada
tu generoso empeño y tu destino. Separa a los de edad más avanzada,
715 a las matronas fatigadas del mar y a cuantos hay a tu lado sin fuerzas
y que temen los peligros. Y deja que éstos tengan
su sede y su descanso en estas tierras.
Acesta[141] será el nombre que lleve la ciudad si lo permites».
Enardecido por las palabras de su anciano amigo,
720 siente Eneas que cada afán le traquetea el alma.