Eneida
Eneida Ya iba la negra Noche dominando en su carro la bóveda celeste,
cuando la imagen de su padre Anquises, de pronto deslizándose del cielo,
le pareció decirle estas palabras: «¡Hijo, al que yo quería antes cuando vivía
725 más que a mi misma vida, hijo mío, probado por los hados de Ilión,
acudo a ti por orden de Júpiter, el que ha alejado el fuego de las naves
y el que desde la altura se ha apiadado de ti! Obedece el consejo, el más certero,
que ahora te da el anciano Nautes. Lleva contigo a Italia la flor de tus troyanos,
los de más valeroso corazón. Tendrás que domeñar en Italia, combatiendo,
730 a un pueblo indómito, de rudeza feroz.
Pero antes llégate a las moradas infernales
de Plutón y salvando el abismo del Averno,
hijo mío, procura encontrarte conmigo.
No me retiene, no, el impío Tártaro entre sus tristes sombras.
Habito en el Elisio en gozoso consorcio con los justos.
Hasta allí, una vez que viertas abundante sangre de negras víctimas,