Eneida
Eneida rompían en gemidos. Y el Janto no encontraba vía franca
ni rodando sus ondas lograba ir hacia el mar. Yo entonces a tu Eneas
enfrentado en combate con el bravo Pelida, desiguales el favor de los dioses
810 y las fuerzas de uno y otro, lo arrebaté en el cuenco de una nube.
Y eso que ansiaba ya arrumbar las murallas de la perjura Troya
que mis manos habían levantado. Hoy mi ánimo
es el mismo para con él. Desecha tu temor.
Arribará seguro al puerto del Averno que deseas. Uno solo
perdido entre las olas será el que eches de menos, una vida
815 sacrificada por el bien de muchos». Al punto en que apaciguan y alegran
el pecho de la diosa estas palabras,
unce padre Neptuno sus corceles con sus jaeces de oro,
prende en su boca el espumante freno y sus manos les dan todo el rendaje.
820 Y va volando leve por sobre el haz del agua su carro verdiazul
y las olas se tienden a su paso y se alisa su crespo borbollón bajo el eje tonante.