Eneida
Eneida bajo los mismos remos, esparcidos sobre los duros bancos
cuando el Sueño[145] deslizándose alado de los astros celestes
hiende a su paso el aire tenebroso y disipa las sombras.
840 Y hacia ti, Palinuro, se dirige portador de visiones
funestas para ti, libre, ¡ay!, de culpa. Y toma asiento el dios en la alta popa
bajo la misma traza de Forbante. Y musita su boca estas palabras:
«¡Palinuro, hijo de Jaso!, el mar impulsa las naves por sí solo.
Las brisas soplan sosegadas con serena lisura. La hora invita al descanso.
845 Reclina la cabeza y sustrae ya al trabajo tus ojos fatigados.
Yo mismo me pondré por un rato en tu lugar y haré tu menester»
Sin atreverse a alzar del todo hacia él los ojos, Palinuro le responde:
«¿Que deje de mirar la cara al mar en calma y a las olas serenas
me mandas? ¿Que me fíe de ese monstruo? ¿Voy a entregar a Eneas